lunes, 13 de febrero de 2017

HARPA DESAFINADA


Sueno como un harpa desafinada, con las clavijas flojas, a la que nadie rasguea. Sueno rasgada y crujo como las ramas secas que dejásteis caer y que luego se quemaron. ¡Cuánto daño hicieron!

Luzco como el candil con la mecha seca porque le amputaron el aceite. 

No luzco.

Soy el hada dormida  y a oscuras, a la que le robaron sus alas mágicas de mariposa.
Soy el hada despierta que soñó una alfombra de tréboles de cuatro hojas y la puso en frente de tu casa. A tus pies.

No soy un hada, no soy nada.

Sortilegios en cadena. El desafío ineficaz, vano.

Soy el eje de mis propias simetrías.
El método exacto para llegar a ser yo.
La fórmula química de un desamparo.

Duelo mucho cuando duelo  y cuando no, sólo vuelo.
Soy hijastra del desvelo, del desdén, del desconsuelo.

No rimo.

La boca loca de cinco labios , seis lenguas, siete leguas y ocho dientes perlados, apretados.

El vacío, el silencio, la impotencia, la rabia calmada a base de drogas de farmacia, la sal de los llantos, el alma incendiada, el cansancio...

No soy.












domingo, 5 de febrero de 2017

MI REFLEJO



Me gustaba verla sonreir, de manera natural, tanto como ver que el viento volvía a despeinarla, tanto como verla saltar encima de los charcos, sin edad, como una niña, tanto como oirla gritar a las olas cuando sentía rabia  y se enfadaba, tanto como verla tumbarse al sol, o a la sombra, tanto, que lo hice yo.

Me gustaba oirla cantar, con lo mal que lo hacía, pero cuánto empeño le ponía, la risa me mataba cuando ella se moría de la risa intentando contar un chiste horrible, me brillaban los ojos cuando se emocionaba viendo la cara de un niño, o cuando le temblaban los labios si estaba nerviosa o a punto de llorar. Tanto que también lo hice.

Me gustaba verla ir de cero a cien en cero coma, o cuando amaba al máximo en la escala típica del cero a diez. Y así lo hice.

A veces radical y a veces tan transigente que me volví igual.

Me gustaba verla bailar, porque nadie lo disfrutaba tanto. Y bailé. Me gustaban sus macarradas, sus pijadas, sus paranollas, su empatía, su delicadeza a veces, su dureza, su fragilidad, sus sentimientos, su confusión, su mala leche, sus locuras, sus huecos, sus miedos, sus sin sentidos, sus meteduras de pata, sus vacíos...me gustaban tanto, que me los quedé.

Me gustaban sus rarezas, su soledad escogida, su compañía tan variopinta, su ropa de dudoso estilo, fuera de cualquier moda. Su nariz torcida, sus andares raros, sus huesos largos pero muy débiles, la música que escuchaba, los poemas que leía, las tormentas en su cabeza, me gustaba su dolor y lo hice mío.

A veces ella perdía el norte, o el norte la perdía a ella, pero al final siempre se encontraba y eso también me gustaba. Me gustaba verla caminar sin saber a dónde, verla pararse a mirar una seta, verla soplar una mora y comérsela, verla caminar los montes de su tierra , verdes, como los ojos que nunca tuvo. Caminé y me perdí , soplé moras, igual que ella.

Esa mujer ojerosa que me mira desde dentro del  espejo me gustaba, pero sólo consigo tocarle la palma de las manos, que son igual que las mías. Esa mujer anda triste, la veo en blanco y negro, algo le pasa a su héroe, la veo así como confusa, sin perspectiva ni camino y casi no la conozco, el corazón se me encoge y sólo me queda llorar.